Noticias

Discurso inaugural de Washington [1789] - Historia

Discurso inaugural de Washington [1789] - Historia

JUEVES 30 DE ABRIL DE 1789
Conciudadanos del Senado y de la Cámara de Representantes:

Entre las vicisitudes de la vida, ningún acontecimiento podría haberme llenado de mayores inquietudes que aquella de la cual la notificación fue transmitida por su orden y recibida el día 14 del presente mes. Por un lado, fui convocado por mi Patria, cuya voz nunca oiré más que con veneración y amor, de un retiro que había elegido con la más entrañable predilección, y, en mis halagadoras esperanzas, con una decisión inmutable, como el asilo de mis últimos años, retiro que se me hacía cada día más necesario y más querido por la adición del hábito a la inclinación, y de las frecuentes interrupciones de mi salud al gradual derroche que el tiempo le había cometido. Por otro lado, la magnitud y dificultad de la confianza a la que me llamó la voz de mi país, siendo suficiente para despertar en el más sabio y experimentado de sus ciudadanos un escrutinio desconfiado sobre sus calificaciones, no podía sino abrumar de desaliento a quien (heredero de dotes inferiores de la naturaleza y no practicado en los deberes de la administración civil) debe ser peculiarmente consciente de sus propias deficiencias. En este conflicto de emociones lo único que me atrevo a afirmar es que ha sido mi fiel estudio el recoger mi deber de una justa apreciación de todas las circunstancias por las que pudiera verse afectado. Lo único que me atrevo a esperar es que si, en la ejecución de esta tarea, me he dejado influir demasiado por un recuerdo agradecido de instancias anteriores, o por una sensibilidad afectuosa hacia esta prueba trascendente de la confianza de mis conciudadanos, y de ahí me queda muy poco. Consultado mi incapacidad, así como mi desgana por los cuidados pesados ​​y no probados que tengo ante mí, mi error será paliado por los motivos que me engañan, y sus consecuencias serán juzgadas por mi país con alguna parte de la parcialidad en la que se originaron.

Siendo tales las impresiones bajo las cuales, en obediencia a la convocatoria pública, he reparado en la estación actual, sería peculiarmente impropio omitir en este primer acto oficial mis fervientes súplicas a ese Ser Todopoderoso que gobierna el universo, que preside en los consejos de naciones, y cuyas ayudas providenciales pueden suplir todos los defectos humanos, para que su bendición consagre a las libertades y la felicidad del pueblo de los Estados Unidos un gobierno instituido por ellos mismos para estos propósitos esenciales, y pueda habilitar todos los instrumentos empleados en su administración para ejecutar con éxito las funciones asignadas a su cargo. Al rendir este homenaje al Gran Autor de todo bien público y privado, me aseguro que expresa sus sentimientos no menos que los míos, ni los de mis conciudadanos en general menos que ninguno de los dos. Ningún pueblo puede estar obligado a reconocer y adorar la Mano Invisible que dirige los asuntos de los hombres más que los de los Estados Unidos. Cada paso con el que han avanzado hacia el carácter de una nación independiente parece haber sido distinguido por alguna muestra de agencia providencial; y en la importante revolución que se acaba de lograr en el sistema de su gobierno unido, las tranquilas deliberaciones y el consentimiento voluntario de tantas comunidades distintas de las que ha resultado el evento no pueden compararse con los medios por los cuales la mayoría de los gobiernos se han establecido sin algún retorno de piadosos gratitud, junto con una humilde anticipación de las bendiciones futuras que el pasado parece presagiar. Estas reflexiones, que surgen de la crisis actual, se han impuesto con demasiada fuerza en mi mente como para ser reprimidas. Confío en que se unirá a mí al pensar que no hay ninguno bajo cuya influencia los procedimientos de un gobierno nuevo y libre puedan comenzar de manera más auspiciosa.

Por el artículo que establece el departamento ejecutivo, el presidente tiene el deber de "recomendar a su consideración las medidas que juzgue necesarias y convenientes". Las circunstancias en las que me encuentro ahora con usted me absolverán de entrar en ese tema más allá de referirme a la gran carta constitucional bajo la cual está reunido y que, al definir sus poderes, designa los objetos a los que debe prestar su atención. . Será más acorde con esas circunstancias, y mucho más acorde con los sentimientos que me mueven, sustituir, en lugar de una recomendación de medidas particulares, el tributo que se debe a los talentos, la rectitud y el patriotismo que adornan el personajes seleccionados para idearlos y adoptarlos. En estas honorables calificaciones, contemplo las más seguras promesas de que, como por un lado, ningún prejuicio o apego local, ni puntos de vista separados ni animosidades partidistas, desviará la mirada comprensiva e igualitaria que debe vigilar este gran conjunto de comunidades e intereses, así, en otro, que el fundamento de nuestra política nacional se sentará en los principios puros e inmutables de la moral privada, y que la preeminencia del gobierno libre se ejemplificará con todos los atributos que puedan ganarse el afecto de sus ciudadanos y merecer el respeto del mundo. Me detengo en esta perspectiva con toda la satisfacción que puede inspirar un amor ardiente a mi patria, ya que no hay verdad más plenamente establecida que la de que existe en la economía y el curso de la naturaleza una unión indisoluble entre virtud y felicidad; entre el deber y la ventaja; entre las máximas genuinas de una política honesta y magnánima y las sólidas recompensas de la prosperidad y la felicidad públicas; ya que no deberíamos estar menos persuadidos de que las sonrisas propicias del Cielo nunca pueden esperarse de una nación que ignora las reglas eternas de orden y derecho que el mismo Cielo ha ordenado; y dado que la preservación del fuego sagrado de la libertad y el destino del modelo republicano de gobierno son justamente considerados, quizás, tan profundamente, como finalmente, apostados en el experimento confiado a las manos del pueblo norteamericano.

Además de los objetos ordinarios sometidos a su cuidado, corresponderá a su juicio decidir en qué medida se hace conveniente en la presente coyuntura el ejercicio de la facultad ocasional delegada por el artículo quinto de la Constitución por la naturaleza de las objeciones que se le han formulado. el sistema, o por el grado de inquietud que los ha engendrado. En lugar de emprender recomendaciones particulares sobre este tema, en las que no pueda guiarme por luces derivadas de oportunidades oficiales, cederé nuevamente el paso a mi total confianza en su discernimiento y búsqueda del bien público; porque me aseguro a mí mismo que mientras evitas cuidadosamente toda alteración que pueda poner en peligro los beneficios de un gobierno unido y eficaz, o que deba esperar las lecciones futuras de la experiencia, una reverencia por los derechos característicos de los hombres libres y el respeto por la armonía pública serán influir suficientemente en sus deliberaciones sobre la cuestión de hasta qué punto se puede fortalecer inexpugnablemente el primero o promover de manera segura y ventajosa el segundo.

A las observaciones anteriores tengo que añadir una, que se dirigirá más adecuadamente a la Cámara de Representantes. Me concierne a mí y, por lo tanto, será lo más breve posible. Cuando fui honrado por primera vez con un llamado al servicio de mi país, luego en vísperas de una ardua lucha por sus libertades, la luz en la que contemplé mi deber requería que renunciara a toda compensación pecuniaria. De esta resolución no me he apartado en ningún caso; y estando todavía bajo las impresiones que lo produjeron, debo declinar por inaplicable a mí cualquier parte de los emolumentos personales que puedan ser indispensablemente incluidos en una provisión permanente para el departamento ejecutivo, y por consiguiente debo rezar para que las estimaciones pecuniarias para la estación en la que Durante mi permanencia en él, se me podrá limitar a los gastos reales que se crea que requiera el bien público.

Habiéndote transmitido así mis sentimientos, tal como los ha despertado la ocasión que nos une, me despediré ahora; pero no sin recurrir una vez más al benigno Padre de la Raza Humana en humilde súplica de que, dado que se ha complacido en favorecer al pueblo norteamericano con oportunidades para deliberar en perfecta tranquilidad, y disposición para decidir con una unanimidad incomparable una forma de gobierno para la seguridad de su unión y el avance de su felicidad, por lo que Su divina bendición puede ser igualmente conspicua en los puntos de vista ampliados, las consultas moderadas y las sabias medidas de las que debe depender el éxito de este Gobierno.


Primera dirección inaugural: versión final

Entre las vicisitudes de la vida, ningún acontecimiento podría haberme llenado de mayores inquietudes que aquella cuya notificación fue transmitida por su orden y recibida el día catorce del presente mes. Por un lado, fui convocado por mi Patria, cuya voz nunca oiré sino con veneración y amor, de un retiro que había elegido con la más entrañable predilección y, en mis halagadoras esperanzas, con una decisión inmutable, como el asilo de mis últimos años: un retiro que se me hacía cada día más necesario y más querido, por la adición del hábito a la inclinación, y de las frecuentes interrupciones de mi salud al paulatino desperdicio que el tiempo le cometía. Por otra parte, la magnitud y dificultad de la confianza a la que me llamó la voz de mi Patria, siendo suficiente para despertar en el más sabio y experimentado de sus ciudadanos, un escrutinio desconfiado sobre sus calificaciones, no podía sino abrumar de desaliento, aquel que, heredando dotes inferiores de la naturaleza y no practicado en los deberes de la administración civil, debería ser peculiarmente consciente de sus propias deficiencias. En este conflicto de emociones, lo único que me atrevo a afirmar es que ha sido mi fiel estudio el recoger mi deber de una justa apreciación de cada circunstancia por la que pudiera verse afectado. Lo único que me atrevo a esperar es que, si en la ejecución de esta tarea me haya dejado influir demasiado por un recuerdo agradecido de instancias anteriores, o por una sensibilidad afectiva a esta prueba trascendente, de la confianza de mis conciudadanos y de ahí también. Poco consultado mi incapacidad, así como mi aversión por los cuidados pesados ​​y no probados que tengo ante mí, mi error será paliado por los motivos que me engañaron, y sus consecuencias serán juzgadas por mi País, con alguna parte de la parcialidad en la que se originaron.

Siendo tales las impresiones bajo las cuales, en obediencia a la convocatoria pública, he reparado en la actual estación, sería particularmente impropio omitir en este primer acto oficial, mis fervientes súplicas a ese Ser Todopoderoso que gobierna el Universo, que preside en los Consejos de Naciones, y cuyas ayudas providenciales pueden suplir todos los defectos humanos, para que su bendición consagre a las libertades y la felicidad del Pueblo de los Estados Unidos, un Gobierno instituido por ellos mismos para estos propósitos esenciales: y que pueda habilitar todos los instrumentos empleados en su administración, para ejecutar con éxito las funciones asignadas a su cargo. Al rendir este homenaje al Gran Autor de todo bien público y privado, me aseguro de que expresa sus sentimientos no menos que los míos ni los de mis conciudadanos en general, menos que ninguno de los dos: Nadie puede estar obligado a reconocer y reconocer. Adora la mano invisible, que dirige los asuntos de los hombres más que la gente de los Estados Unidos. Cada paso, por el cual han avanzado hacia el carácter de una nación independiente, parece haber sido distinguido por alguna muestra de agencia providencial. Y en la importante revolución que se acaba de lograr en el sistema de su Gobierno Unido, las tranquilas deliberaciones y el consentimiento voluntario de tantas comunidades distintas, de las que ha resultado el evento, no pueden compararse con los medios por los cuales se han establecido la mayoría de los gobiernos, sin algún retorno de piadosa gratitud junto con una humilde anticipación de las futuras bendiciones que el pasado parece presagiar. Estas reflexiones, que surgen de la crisis actual, se han impuesto con demasiada fuerza en mi mente como para reprimirlas. Confío en que usted se unirá a mí para pensar que no hay ninguno bajo cuya influencia pueda comenzar de manera más auspiciosa el proceso de un gobierno nuevo y libre.

Por el artículo que establece el Departamento Ejecutivo, es deber del Presidente “recomendar a su consideración las medidas que juzgue necesarias y oportunas”. Las circunstancias en las que ahora me encuentro con usted me absolverán de entrar en ese tema, más allá de referirme a la Gran Carta Constitucional bajo la cual está reunido y que, al definir sus poderes, designa los objetos a los que debe prestar atención. dado. Será más acorde con esas circunstancias, y mucho más acorde con los sentimientos que me mueven, sustituir, en lugar de una recomendación de medidas particulares, el tributo que se debe a los talentos, la rectitud y el patriotismo que adornan el personajes seleccionados para idearlos y adoptarlos. En estas honorables calificaciones, contemplo las más seguras promesas de que, como por un lado, ningún prejuicio local, o apegos, opiniones separadas, ni animosidades partidistas, desviarán la mirada comprensiva e igualitaria que debe velar por esta gran asamblea de comunidades e intereses. : para que, por otro, los cimientos de nuestra política nacional, se asienten en los principios puros e inmutables de la moral privada y la preeminencia del Gobierno libre, ejemplificada por todos los atributos que puedan ganarse el afecto de sus Ciudadanos, e inspirar el respeto del mundo. Me detengo en esta perspectiva con toda la satisfacción que puede inspirar un amor ardiente a mi Patria: ya que no hay verdad más plenamente establecida que la que existe en la economía y el curso de la naturaleza, una unión indisoluble entre virtud y felicidad, entre deber y ventaja, entre las máximas genuinas de una política honesta y magnánima, y ​​las recompensas sólidas de la prosperidad y la felicidad públicas: ya que no deberíamos estar menos persuadidos de que las sonrisas propicias del cielo, nunca pueden esperarse de una nación que ignora las reglas eternas de orden y derecho, que el mismo Cielo ha ordenado: Y desde la preservación del fuego sagrado de la libertad, y el destino del modelo republicano de gobierno, se consideran justamente tan profundamente, tal vez como finalmente, en el experimento confiado a las manos del pueblo estadounidense.

Además de los objetos ordinarios sometidos a su cuidado, quedará a su juicio decidir en qué medida resulta oportuno en el momento presente el ejercicio de la facultad ocasional delegada por el artículo quinto de la Constitución por la naturaleza de las objeciones que se han planteado. contra el Sistema, o por el grado de inquietud que los ha engendrado. En lugar de emprender recomendaciones particulares sobre este tema, en las que no podría dejarme guiar por luces derivadas de las oportunidades oficiales, cederé nuevamente a mi total confianza en su discernimiento y búsqueda del bien público: porque me aseguro que mientras usted con cuidado Evite toda alteración que pueda poner en peligro los beneficios de un gobierno unido y eficaz, o que deba esperar las lecciones futuras de la experiencia.La reverencia por los derechos característicos de los hombres libres y el respeto por la armonía pública influirán suficientemente en sus deliberaciones sobre la cuestión. hasta qué punto el primero puede fortalecerse de manera más inexpugnable, o el segundo puede promoverse de manera segura y ventajosa.

A las observaciones anteriores tengo que añadir una, que se dirigirá con más propiedad a la Cámara de Representantes. Me concierne a mí y, por lo tanto, será lo más breve posible. Cuando fui honrado por primera vez con un llamado al servicio de mi País, luego en vísperas de una ardua lucha por sus libertades, la luz en la que contemplé mi deber requería que renunciara a toda compensación pecuniaria. De esta resolución no me he apartado en ningún caso; y estando todavía bajo las impresiones que la produjeron, debo declinar por inaplicable a mí mismo, cualquier parte de los emolumentos personales, que pueden ser indispensablemente incluidos en una provisión permanente para el Departamento Ejecutivo y deben en consecuencia, rezaré para que los presupuestos pecuniarios de la Estación en la que me encuentro, durante mi permanencia en ella, se limiten a los gastos reales que se crea que requiera el bien público.

Habiéndote transmitido así mis sentimientos, tal como los ha despertado la ocasión que nos reúne, me despediré ahora, pero no sin recurrir una vez más al benigno Padre del género humano, en humilde súplica de que desde que ha sido complacido de favorecer al pueblo estadounidense, con oportunidades para deliberar en perfecta tranquilidad, y disposiciones para decidir con unanimidad sin igual una forma de gobierno, para la seguridad de su Unión y el avance de su felicidad para que esta bendición divina sea igualmente conspicua en las opiniones ampliadas, las consultas moderadas y las sabias medidas de las que debe depender el éxito de este Gobierno.


Discurso inaugural de Washington [1789] - Historia

Abierto los 365 días del año, Mount Vernon está ubicado a solo 15 millas al sur de Washington DC.

Desde la mansión hasta exuberantes jardines y terrenos, fascinantes galerías de museos, programas de inmersión y la destilería y el molino. ¡Pasa el día con nosotros!

Descubra qué hizo a Washington "primero en la guerra, primero en la paz y primero en el corazón de sus compatriotas".

La Asociación de Damas de Mount Vernon ha mantenido Mount Vernon Estate desde que la adquirió de la familia Washington en 1858.

¿Necesitas ayuda con la tarea? Nuestra enciclopedia digital tiene todas las respuestas que necesitan los estudiantes y profesores.

La Biblioteca de Washington está abierta a todos los investigadores y académicos, solo con cita previa.

“Ningún Pueblo puede estar obligado a reconocer y adorar la mano invisible, que dirige los Asuntos de los hombres más que el Pueblo de los Estados Unidos. Cada paso, por el cual han avanzado hacia el carácter de una nación independiente, parece haber sido distinguido por alguna muestra de agencia providencial ''.

Primer discurso inaugural | Jueves 30 de abril de 1789

Notas editoriales

El 30 de abril de 1789, George Washington fue investido como el primer presidente de los Estados Unidos. En este primer discurso inaugural, afirmó: "Fui convocado por mi país, cuya voz nunca podré escuchar, pero con veneración y amor". Claramente conmovido por la decisión de elegirlo como primer presidente de la nación, Washington continuó de esta manera humilde.


Discurso inaugural de Washington [1789] - Historia

JUEVES 30 DE ABRIL DE 1789
Conciudadanos del Senado y de la Cámara de Representantes:

Entre las vicisitudes de la vida, ningún acontecimiento podría haberme llenado de mayores inquietudes que aquella de la cual la notificación fue transmitida por su orden y recibida el día 14 del presente mes. Por un lado, fui convocado por mi Patria, cuya voz nunca oiré sino con veneración y amor, de un retiro que había elegido con la más entrañable predilección y, en mis halagadoras esperanzas, con una decisión inmutable, como el asilo de mis últimos años, retiro que se me hacía cada día más necesario y más querido por la adición del hábito a la inclinación, y de las frecuentes interrupciones de mi salud al gradual derroche que el tiempo le había cometido. Por otra parte, la magnitud y dificultad de la confianza a la que me llamó la voz de mi país, siendo suficiente para despertar en el más sabio y experimentado de sus ciudadanos un escrutinio desconfiado sobre sus calificaciones, no podía sino abrumar de desaliento a quien (heredero de dotes inferiores de la naturaleza y no practicado en los deberes de la administración civil) debería ser peculiarmente consciente de sus propias deficiencias. En este conflicto de emociones lo único que me atrevo a afirmar es que ha sido mi fiel estudio el recoger mi deber de una justa apreciación de todas las circunstancias por las que pudiera verse afectado. Lo único que me atrevo a esperar es que si, en la ejecución de esta tarea, me he dejado influir demasiado por un recuerdo agradecido de instancias anteriores, o por una sensibilidad afectuosa hacia esta prueba trascendente de la confianza de mis conciudadanos, y de ahí me queda muy poco. Consultado mi incapacidad, así como mi aversión por los cuidados pesados ​​y no probados que tengo ante mí, mi error será paliado por los motivos que me engañan, y sus consecuencias serán juzgadas por mi país con alguna parte de la parcialidad en la que se originaron.

Siendo tales las impresiones bajo las cuales, en obediencia a la convocatoria pública, he reparado en la estación actual, sería peculiarmente impropio omitir en este primer acto oficial mis fervientes súplicas a ese Ser Todopoderoso que gobierna el universo, que preside en los consejos de naciones, y cuyas ayudas providenciales pueden suplir todos los defectos humanos, para que su bendición pueda consagrar a las libertades y la felicidad del pueblo de los Estados Unidos un gobierno instituido por ellos mismos para estos propósitos esenciales, y pueda habilitar todos los instrumentos empleados en su administración para ejecutar con éxito las funciones asignadas a su cargo. Al rendir este homenaje al Gran Autor de todo bien público y privado, me aseguro de que expresa sus sentimientos no menos que los míos, ni los de mis conciudadanos en general menos que ninguno de los dos. Ningún pueblo puede estar obligado a reconocer y adorar la Mano Invisible que dirige los asuntos de los hombres más que los de los Estados Unidos. Cada paso con el que han avanzado hacia el carácter de una nación independiente parece haber sido distinguido por alguna muestra de agencia providencial y en la importante revolución que acaba de lograr en el sistema de su gobierno unido, las tranquilas deliberaciones y el consentimiento voluntario de tantas comunidades distintas. del que ha resultado el acontecimiento no puede compararse con los medios por los que se han establecido la mayoría de los gobiernos sin un retorno de piadosa gratitud, junto con una humilde anticipación de las futuras bendiciones que el pasado parece presagiar. Estas reflexiones, que surgen de la crisis actual, se han impuesto con demasiada fuerza en mi mente para ser reprimidas. Confío en que se unirá a mí al pensar que no hay ninguno bajo cuya influencia los procedimientos de un gobierno nuevo y libre puedan comenzar de manera más auspiciosa.

En virtud del artículo que establece el departamento ejecutivo, el presidente tiene el deber de `` recomendar a su consideración las medidas que juzgue necesarias y oportunas ''. Las circunstancias en las que me encuentro ahora con ustedes me absolverán de entrar en ese tema más allá de refiérase a la gran carta constitucional bajo la cual está reunido y que, al definir sus poderes, designa los objetos a los que debe prestar su atención. Será más acorde con esas circunstancias, y mucho más acorde con los sentimientos que me mueven, sustituir, en lugar de una recomendación de medidas particulares, el tributo que se debe a los talentos, la rectitud y el patriotismo que adornan el personajes seleccionados para idearlos y adoptarlos. En estas honorables calificaciones, contemplo las más seguras promesas de que, como por un lado, ningún prejuicio o apego local, ni puntos de vista separados ni animosidades partidistas, desviarán la mirada comprensiva e igualitaria que debe vigilar este gran conjunto de comunidades e intereses, así, en otro, que el fundamento de nuestra política nacional se sentará en los principios puros e inmutables de la moral privada, y que la preeminencia del gobierno libre será ejemplificada por todos los atributos que puedan ganarse el afecto de sus ciudadanos y merecer el respeto del mundo. Me detengo en esta perspectiva con toda la satisfacción que puede inspirar un amor ardiente a mi patria, ya que no hay verdad más plenamente establecida que la de que existe en la economía y el curso de la naturaleza una unión indisoluble entre virtud y felicidad, entre deber y ventaja entre los dos. máximas genuinas de una política honesta y magnánima y las recompensas sólidas de la prosperidad y la felicidad públicas, ya que no deberíamos estar menos persuadidos de que las sonrisas propicias del Cielo nunca pueden esperarse de una nación que ignora las reglas eternas de orden y derecho que el Cielo mismo ha ordenado y desde la preservación del fuego sagrado de la libertad y el destino del modelo republicano de gobierno son justamente considerados, quizás, tan profundamente, como finalmente, apostados en el experimento confiado a las manos del pueblo norteamericano.

Además de los objetos ordinarios sometidos a su cuidado, corresponderá a su juicio decidir en qué medida se hace conveniente en la presente coyuntura el ejercicio de la facultad ocasional delegada por el artículo quinto de la Constitución por la naturaleza de las objeciones que se han formulado en contra. el sistema, o por el grado de inquietud que los ha engendrado. En lugar de emprender recomendaciones particulares sobre este tema, en las que no pueda guiarme por luces derivadas de oportunidades oficiales, volveré a ceder el paso a mi total confianza en su discernimiento y búsqueda del bien público, pues me aseguro que mientras evita con cuidado Toda alteración que pueda poner en peligro los beneficios de un gobierno unido y eficaz, o que deba esperar las lecciones futuras de la experiencia, la reverencia por los derechos característicos de los hombres libres y el respeto por la armonía pública influirán suficientemente en sus deliberaciones sobre la cuestión de hasta qué punto. el primero puede fortificarse de manera inexpugnable o el segundo puede promoverse de manera segura y ventajosa.

A las observaciones anteriores tengo que añadir una, que se dirigirá más adecuadamente a la Cámara de Representantes. Me concierne a mí y, por lo tanto, será lo más breve posible. Cuando fui honrado por primera vez con un llamado al servicio de mi país, luego en vísperas de una ardua lucha por sus libertades, la luz en la que contemplé mi deber requería que renunciara a toda compensación pecuniaria. De esta resolución no me he apartado en ningún caso y, estando todavía bajo las impresiones que la produjeron, debo declinar por inaplicable a mí cualquier parte de los emolumentos personales que puedan ser indispensablemente incluidos en una provisión permanente para el departamento ejecutivo, y en consecuencia debo orar que las estimaciones pecuniarias para la estación en la que estoy ubicado pueden, durante mi permanencia en ella, limitarse a los gastos reales que se crea que requiera el bien público.

Habiéndote transmitido así mis sentimientos, tal como los ha despertado la ocasión que nos reúne, me despediré, pero no sin recurrir una vez más al benigno Padre de la Raza Humana en humilde súplica que, puesto que Él se ha complacido favorecer al pueblo estadounidense con oportunidades para deliberar en perfecta tranquilidad, y disposiciones para decidir con unanimidad incomparable una forma de gobierno para la seguridad de su unión y el avance de su felicidad, para que Su bendición divina sea igualmente conspicua en los puntos de vista ampliados , las moderadas consultas y las sabias medidas de las que debe depender el éxito de este Gobierno.


Contenido

La ceremonia inaugural tuvo lugar en el balcón del Federal Hall en Wall Street en la ciudad de Nueva York, en presencia de un gran número de espectadores. Washington vestía un traje de tela marrón oscuro y medias de seda blancas, todas de fabricación estadounidense. Llevaba el pelo empolvado y vestido a la moda del día, recogido y con cintas.

El juramento del cargo fue administrado por primera vez por Robert R. Livingston. Samuel Otis, secretario del Senado, sostuvo la Biblia abierta en la que el presidente puso su mano sobre un lujoso cojín de terciopelo carmesí. Con ellos estaban John Adams, quien había sido elegido vicepresidente George Clinton, el primer gobernador de Nueva York Philip Schuyler, John Jay, el general de división Henry Knox, Jacob Morton (Maestro de St. John's Lodge, quien había recuperado la Biblia de la logia cuando descubrieron que no se había proporcionado ninguno) y otros invitados distinguidos.

Sin relatos contemporáneos confiables, el relato más común del evento es que después de prestar juramento, Washington besó la Biblia con reverencia, cerró los ojos y en actitud de devoción dijo: "Ayúdame Dios". Livingston luego exclamó: "¡Está hecho!" y volviéndose hacia la gente gritó: "¡Viva George Washington, presidente de los Estados Unidos!", grito que fue repetido y repetido por la multitud presente.

Sin embargo, actualmente existe un debate sobre si agregó o no la frase "Dios mío, ayúdame" a su juramento. El único relato contemporáneo del juramento de Washington es el del cónsul francés Comte de Moustier, quien informó sobre el juramento constitucional sin mencionar "Así que ayúdame Dios". [4] La fuente más antigua conocida que indica que Washington agregó "Entonces ayúdame Dios" se atribuye a Washington Irving, que tenía seis años en el momento de la inauguración, y aparece por primera vez 60 años después del evento. [5]

Al concluir, Washington y los demás fueron en procesión a la Capilla de San Pablo, de acuerdo con una resolución del Congreso, y allí invocaron la bendición de Dios sobre el nuevo gobierno.

Desde entonces, la Biblia se ha utilizado para las inauguraciones de Warren G. Harding en 1921, Dwight D. Eisenhower en 1953, Jimmy Carter en 1977 y George H. W. Bush, cuya inauguración en 1989 fue en el año del bicentenario de Washington. La Biblia también estaba destinada a ser utilizada para la primera toma de posesión de George W. Bush, pero las inclemencias del tiempo no lo permitieron. Sin embargo, la Biblia estuvo presente en el Capitolio al cuidado de tres masones de St. John's Lodge, en caso de que el clima mejorara. [6] Debido a su fragilidad, la Biblia ya no se abre durante las reuniones de St. John's Lodge. [7]

Además de sus funciones, la Biblia se ha utilizado en las procesiones fúnebres de los presidentes Washington y Abraham Lincoln. La Biblia también se ha utilizado en la colocación de la piedra central del Capitolio de los EE. UU., La adición del Monumento a Washington, los centenarios de la colocación de la piedra angular de la Casa Blanca, el Capitolio de los EE. UU. Y la Estatua de la Libertad, la Feria Mundial de 1964 también. como el lanzamiento del portaaviones USS George Washington. [8] En los últimos años, a menudo se exhibe en el Federal Hall National Memorial, construido en el lugar de la inauguración de Washington.

En 2009, la Logia formó una organización benéfica pública registrada con el propósito de preservar, mantener y restaurar la Biblia inaugural de George Washington. In 2014, the St. John's Lodge No. 1 Foundation, Inc., received recognition as an IRS 501(c)(3) non-profit organization.


Washington's Inaugural Address [1789] - History



GEORGE WASHINGTON'S INAUGURATION, NEW YORK CITY

George Washington's First Inaugural Address


Go here for more about George Washington .

Top picture is an oil painting by Senor Ramon de Elorriaga. George Washington has his left hand rest upon his heart and his right hand extended to a Bible, which is held by James Otis , Secretary of the United States Senate. Next to Otis is R.R. Livingston , Chancellor of the State of New York, dressed in his official robes and administering the oath of office. Vicepresidente John Adams is on the far left, facing Washington. The unfinished steeple of Trinity Church is in the background.

It follows the full text transcript of George Washington's First Inaugural Address, delivered to Congress at Federal Hall in New York City - April 30, 1789.


Among the vicissitudes incident to life no event could have filled me with greater anxieties than that of which the notification was transmitted by your order, and received on the 14th day of the present month.

On the one hand, I was summoned by my country, whose voice I can never hear but with veneration and love, from a retreat which I had chosen with the fondest predilection, and, in my flattering hopes, with an immutable decision, as the asylum of my declining years-a retreat which was rendered every day more necessary as well as more dear to me by the addition of habit to inclination, and of frequent interruptions in my health to the gradual waste committed on it by time.

On the other hand, the magnitude and difficulty of the trust to which the voice of my country called me, being sufficient to awaken in the wisest and most experienced of her citizens a distrustful scrutiny into his qualifications, could not but overwhelm with despondence one who (inheriting inferior endowments from nature and unpracticed in the duties of civil administration) ought to be peculiarly conscious of his own deficiencies. In this conflict of emotions all I dare aver is that it has been my faithful study to collect my duty from a just appreciation of every circumstance by which it might be affected.

All I dare hope is that if, in executing this task, I have been too much swayed by a grateful remembrance of former instances, or by an affectionate sensibility to this transcendent proof of the confidence of my fellow-citizens, and have thence too little consulted my incapacity as well as disinclination for the weighty and untried cares before me, my error will be palliated by the motives which mislead me, and its consequences be judged by my country with some share of the partiality in which they originated.

Such being the impressions under which I have, in obedience to the public summons, repaired to the present station, it would be peculiarly improper to omit in this first official act my fervent supplications to that Almighty Being who rules over the universe, who presides in the councils of nations, and whose providential aids can supply every human defect, that His benediction may consecrate to the liberties and happiness of the people of the United States a Government instituted by themselves for these essential purposes, and may enable every instrument employed in its administration to execute with success the functions allotted to his charge.

In tendering this homage to the Great Author of every public and private good, I assure myself that it expresses your sentiments not less than my own, nor those of my fellow-citizens at large less than either. No people can be bound to acknowledge and adore the Invisible Hand which conducts the affairs of men more than those of the United States. Every step by which they have advanced to the character of an independent nation seems to have been distinguished by some token of providential agency and in the important revolution just accomplished in the system of their united government the tranquil deliberations and voluntary consent of so many distinct communities from which the event has resulted can not be compared with the means by which most governments have been established without some return of pious gratitude, along with an humble anticipation of the future blessings which the past seem to presage.

These reflections, arising out of the present crisis, have forced themselves too strongly on my mind to be suppressed. You will join with me, I trust, in thinking that there are none under the influence of which the proceedings of a new and free government can more auspiciously commence.

By the article establishing the executive department it is made the duty of the President "to recommend to your consideration such measures as he shall judge necessary and expedient." The circumstances under which I now meet you will acquit me from entering into that subject further than to refer to the great constitutional charter under which you are assembled, and which, in defining your powers, designates the objects to which your attention is to be given.

It will be more consistent with those circumstances, and far more congenial with the feelings which actuate me, to substitute, in place of a recommendation of particular measures, the tribute that is due to the talents, the rectitude, and the patriotism which adorn the characters selected to devise and adopt them. In these honorable qualifications I behold the surest pledges that as on one side no local prejudices or attachments, no separate views nor party animosities, will misdirect the comprehensive and equal eye which ought to watch over this great assemblage of communities and interests, so, on another, that the foundation of our national policy will be laid in the pure and immutable principles of private morality, and the preeminence of free government be exemplified by all the attributes which can win the affections of its citizens and command the respect of the world.

I dwell on this prospect with every satisfaction which an ardent love for my country can inspire, since there is no truth more thoroughly established than that there exists in the economy and course of nature an indissoluble union between virtue and happiness between duty and advantage between the genuine maxims of an honest and magnanimous policy and the solid rewards of public prosperity and felicity since we ought to be no less persuaded that the propitious smiles of Heaven can never be expected on a nation that disregards the eternal rules of order and right which Heaven itself has ordained and since the preservation of the sacred fire of liberty and the destiny of the republican model of government are justly considered, perhaps, as deeply, as finally, staked on the experiment entrusted to the hands of the American people.

Besides the ordinary objects submitted to your care, it will remain with your judgment to decide how far an exercise of the occasional power delegated by the fifth article of the Constitution is rendered expedient at the present juncture by the nature of objections which have been urged against the system, or by the degree of inquietude which has given birth to them.

Instead of undertaking particular recommendations on this subject, in which I could be guided by no lights derived from official opportunities, I shall again give way to my entire confidence in your discernment and pursuit of the public good for I assure myself that whilst you carefully avoid every alteration which might endanger the benefits of an united and effective government, or which ought to await the future lessons of experience, a reverence for the characteristic rights of freemen and a regard for the public harmony will sufficiently influence your deliberations on the question how far the former can be impregnably fortified or the latter be safely and advantageously promoted.

To the foregoing observations I have one to add, which will be most properly addressed to the House of Representatives. It concerns myself, and will therefore be as brief as possible. When I was first honored with a call into the service of my country, then on the eve of an arduous struggle for its liberties, the light in which I contemplated my duty required that I should renounce every pecuniary compensation.

From this resolution I have in no instance departed and being still under the impressions which produced it, I must decline as inapplicable to myself any share in the personal emoluments which may be indispensably included in a permanent provision for the executive department, and must accordingly pray that the pecuniary estimates for the station in which I am placed may during my continuance in it be limited to such actual expenditures as the public good may be thought to require.

Having thus imparted to you my sentiments as they have been awakened by the occasion which brings us together, I shall take my present leave but not without resorting once more to the benign Parent of the Human Race in humble supplication that, since He has been pleased to favor the American people with opportunities for deliberating in perfect tranquility, and dispositions for deciding with unparalleled unanimity on a form of government for the security of their union and the advancement of their happiness, so His divine blessing may be equally conspicuous in the enlarged views, the temperate consultations, and the wise measures on which the success of this Government must depend.


George Washington's First Inaugural Address Analysis

Introducción
After the failure of the Articles of Confederation, Americans not only needed a stronger Constitution they also needed a strong leader, enter George Washington. On April 30, 1789 George Washington gave the first inaugural address after being sworn in as the first President of the United States of America. As the first leader of the United States he had to set the stage for the rest of the Presidents to come after him. Being the first president of the United States presented many challenges because there were no precedents here to for to follow, it was a constant learning situation with many trials and tribulations. There were no previous presidents before him to seek advice from. Laws, protocols, alliances, and advisors, now referred to as the cabinet, all had to be created from scratch, a very difficult task indeed.
He came from humble beginnings having been raised on a farm and his formal education ended at the eighth grade, however, he was innately intelligent and was able to overcome the lack of advanced formal education. His mother played a.

He was a humble man by nature who was not seeking power or authority over others as described by his hesitancy to accept the position to head the assembly that developed the constitution. However, because of his love of the country and the dislike of monarchies, Washington accepted the position because he felt a strong constitution was necessary to enable free men to govern themselves. In keeping with his belief, he spent many months traveling the country to ensure the ratification of the freshly created constitution, which was achieved in June of 1788. Washington was well respected by his peers, and this is why there was a movement afoot to appoint George Washington to the newly created position of President. Although flattered by such suggestions, was not interested in the.


The Inaugural Address

George Washington established the tradition of the inaugural address on April 30, 1789. After taking the presidential oath of office on the balcony of Federal Hall in New York City, he gave a speech inside the Senate chamber before members of Congress and invited dignitaries. Approximately one hundred people heard Washington speak. Many of the formal details, such as the location for the administration of the oath and his speech, were determined by parallel committees in the House of Representatives and the Senate. 1

Representative James Madison of Virginia persuaded Washington to give a short speech about governing values and principles rather than a long, detailed lecture elucidating plans for his presidency. 2 Senator William Maclay of Pennsylvania noted that President Washington, not particularly comfortable with oratory, trembled as he spoke during the twenty-minute address. In addition to his aversion to public speaking, Washington was also likely affected by the enormous grandeur of the moment marking the inception of a constitutional democracy in the United States. 3 Indeed, Washington began by admitting that “no greater event could have filled me with greater anxieties than that of which the notification was transmitted by your order.” 4 Washington’s tempered reluctance and measured ambition are emphasized throughout his first inaugural, perhaps reflective of the doubts entertained by Anti-Federalists that an independent, unitary executive was not compatible with the principles of republican government.

Currier & Ives 1876 lithograph of the first inauguration of George Washington.

The Metropolitan Museum of Art, Bequest of Adele S. Colgate, 1962.

Since Washington established the tradition of the inaugural address (such practice is not required by the United States Constitution), presidents have used their first speech to speak about the nation’s past, hopes for the future, and their general policy goals for the next four years. While public expectation and tradition dictate some constraints, considerable latitude remains, enabling presidents to adapt the address to their particular speaking style or preferred leadership posture.

Inaugural addresses vary in length, with an average of 2,337 words. William Henry Harrison gave the longest inaugural speech in history at 8,460 words. 5 The length of the speech may have cost Harrison his life he contracted pneumonia soon thereafter and died one month later.

Due to developments in technology and expectations of the president’s public leadership, the method of delivery, its traditions, and immediate audience for the inaugural address has changed over time. In 1797, John Adams reversed the order of the oath and address, giving his speech first and then reciting the oath of office. Thomas Jefferson spoke inside the newly built Senate chamber in the United States Capitol in 1801 his address was subsequently distributed in writing by the National Intelligencer periódico. In 1817, James Monroe became the first president to take the oath and give his inaugural address outdoors, in front of the Old Brick Capitol. In 1845, James Polk’s inaugural address was transmitted by telegraph, widening the proximate audience. During his second inauguration in 1865, Abraham Lincoln took the oath first and then gave his speech, reversing the previously established order. The first inaugural speech projected by an electronic amplification system was Warren Harding’s address in 1921 Calvin Coolidge’s in 1925 was the first broadcast on radio and Herbert Hoover’s 1929 inaugural speech was the first recorded on newsreel. Harry Truman received the first televised coverage in 1949. In 1981, Ronald Reagan became the first president to take the oath of office and give his inaugural address on the West Front of the Capitol, facilitating a larger in-person audience. Previously, the East Portico of the Capitol had been used. In 1997, the Bill Clinton gave the first inaugural address broadcast live through the internet. 6

Photograph of Lincoln delivering his second inaugural address in 1865.

Although the transmission of inaugural addresses and the mode of dissemination have changed over time, it does not necessarily follow that form determines substance. 7 In fact, a careful examination indicates that common elements in inaugural addresses persist throughout American history.

Communication scholars Karlyn Kohrs Campbell and Kathleen Hall Jamieson treat the inaugural address as its own rhetorical genre. They argue that five key elements establish the inaugural as its own classification of presidential speech. 8 Throughout American history, inaugural addresses typically contain the following arguments or attributes:

  • Unification of the audience after an election
  • Celebration of the nation’s communal values
  • Establishment of political principles or policy goals for the president’s term in office
  • Demonstration of understanding executive power’s constitutional limits
  • Focusing on the present while incorporating elements of the past and future

Thinking about inaugural addresses as a distinct type of rhetoric enables an analysis that focuses on the similarities of speeches over time. Historian Arthur Schlesinger, Jr. believed that the inaugural address, as a genre of presidential rhetoric, was disadvantaged due to the numerous formulaic constraints placed upon it. He remarked in 1965, “The platitude quotient tends to be high, the rhetoric stately and self-serving, the ritual obsessive, and the surprises few.” 9

Despite Schlesinger’s doubts, several inaugural addresses have withstood the test of time and become noteworthy examples of presidential rhetoric. The persistence of common rhetorical elements throughout American history does not negate the fact that certain speeches have distinguished themselves as exemplary. 10

John F. Kennedy meets with poet Robert Frost in the White House’s Green Room on Inauguration Day in 1961.

National Archives and Records Administration

To determine which are considered the most regarded examples of the genre, I consulted the recent rankings of inaugural addresses from six organizations: U.S. News and World Report, the Council on Foreign Relations, EE.UU. Hoy en día, los El Correo de Washington, ABC News, y CNN. 11 These were the top searched rankings for “best inaugural addresses” online. After compiling a database of all rankings, I determined that there are five inaugural addresses in American history are commonly cited as the most historic, eloquent, and memorable. In chronological order with brief descriptions, they are:

Thomas Jefferson (1801)

In his first inaugural address, Jefferson realized the importance of a peaceful transition of power. After a contested election decided by the House of Representatives, he reached out to his political opponents in his speech, famously stating: “We are all republicans. We are all federalists.” He also established a firm call for unity and reconciliation: “Let us, then, fellow-citizens, unite with one heart and one mind.”

Abraham Lincoln (1865)

Lincoln’s second inaugural address was delivered shortly after the conclusion of the Civil War and less than six weeks before his assassination. Perhaps heralded as the most eloquent inaugural in American history, the speech attempted to examine the war and slavery in a broader context and establish principles for Reconstruction. His concluding sentence is often quoted, although not always in its entirety: “With malice toward none with charity for all with firmness in the right, as God gives us to see the right, let us strive on to finish the work we are in to bind up the nation's wounds to care for him who shall have borne the battle, and for his widow and his orphan-- to do all which may achieve and cherish a just, and lasting peace, among ourselves, and with all nations."

Franklin Delano Roosevelt (1933)

In his first inaugural, Roosevelt confronted the paralyzing force of the economic depression engulfing the country by diminishing its power: “So, first of all, let me assert my firm belief that the only thing we have to fear is fear itself.” He then used a biblical reference (“money changers”) to describe those financiers responsible for money shortages. Then, Roosevelt argued for the aggressive, yet constitutional, use of federal power to ease the blight: “Action in this image and to this end is feasible under the form of government which we have inherited from our ancestors. Our Constitution is so simple and practical that it is possible always to meet extraordinary needs by changes in emphasis and arrangement without loss of essential form.”

John F. Kennedy (1961)

This short, 14-minute speech contains perhaps the most famous sentence in the history of inaugural addresses: “And so, my fellow Americans: ask not what your country can do for you--ask what you can do for your country.” Kennedy’s famous call for public service was one of the few lines in his speech focused on domestic policy. Most of the speech focused on the United States, foreign policy, and the Cold War. He included a number of principles to follow in world affairs, including “Let us never negotiate out of fear. But let us never fear to negotiate.”

Ronald Reagan (1981)

When Reagan became president, the nation faced an economic slowdown, rising inflation, and high unemployment. Reagan argued that a reduction in size and scope of the federal government was the answer: “In this present crisis, government is not the solution to our problem government is the problem.” After acknowledging the challenges ahead, Reagan infused his speech with unbridled optimism. He stated: “Those who say that we are in a time when there are no heroes just don't know where to look.”

The inauguration of Ronald Reagan in 1981, the first inaugural ceremony held on the West Front of the United States Capitol.

What do the most memorable inaugural addresses in American history have in common? First, they emphatically signify the end of political division and campaigning in an attempt to foster national unity. Second, they emphasize enduring governing principles instead of specific policy proposals. Third, they underscore the collective nature of ideas rather than focusing on the president in first person as the sole originator of those conceptions (“we” rather than “I”). Lastly, they tend to be shorter, under 2,000 words. 12 The abbreviated length may indicate the speech contains a singular theme or focus. 13

Inaugural addresses are the first time a new chief executive speaks directly the American people about their vision for the next four years. The purpose of inaugural rhetoric is not to sway public opinion. Instead, the text of inaugural speeches provides an initial blueprint of governance for the electorate. Additionally, inaugural addresses serve as a guidepost for historians, both contemporary and forthcoming, who will subsequently evaluate and contextualize a president’s decisions and leadership. For these reasons, it is no surprise that presidents and their closest advisers spend considerable time and energy crafting these speeches. The gravitas surrounding a presidential inaugural address is a familiar reminder that there is no second chance for a first impression.


George Washington's First Inaugural Address

Given in New York, on Thursday, April 30, 1789

Fellow-Citizens of the Senate and of the House of Representatives:

Among the vicissitudes incident to life no event could have filled me with greater anxieties than that of which the notification was transmitted by your order, and received on the 14th day of the present month.

On the one hand, I was summoned by my country, whose voice I can never hear but with veneration and love, from a retreat which I had chosen with the fondest predilection, and, in my flattering hopes, with an immutable decision, as the asylum of my declining years?a retreat which was rendered every day more necessary as well as more dear to me by the addition of habit to inclination, and of frequent interruptions in my health to the gradual waste committed on it by time.

On the other hand, the magnitude and difficulty of the trust to which the voice of my country called me, being sufficient to awaken in the wisest and most experienced of her citizens a distrustful scrutiny into his qualifications, could not but overwhelm with despondence one who (inheriting inferior endowments from nature and unpracticed in the duties of civil administration) ought to be peculiarly conscious of his own deficiencies. In this conflict of emotions all I dare aver is that it has been my faithful study to collect my duty from a just appreciation of every circumstance by which it might be affected. All I dare hope is that if, in executing this task, I have been too much swayed by a grateful remembrance of former instances, or by an affectionate sensibility to this transcendent proof of the confidence of my fellow-citizens, and have thence too little consulted my incapacity as well as disinclination for the weighty and untried cares before me, my error will be palliated by the motives which mislead me, and its consequences be judged by my country with some share of the partiality in which they originated.

Such being the impressions under which I have, in obedience to the public summons, repaired to the present station, it would be peculiarly improper to omit in this first official act my fervent supplications to that Almighty Being who rules over the universe, who presides in the councils of nations, and whose providential aids can supply every human defect, that His benediction may consecrate to the liberties and happiness of the people of the United States a Government instituted by themselves for these essential purposes, and may enable every instrument employed in its administration to execute with success the functions allotted to his charge. In tendering this homage to the Great Author of every public and private good, I assure myself that it expresses your sentiments not less than my own, nor those of my fellow-citizens at large less than either. No people can be bound to acknowledge and adore the Invisible Hand which conducts the affairs of men more than those of the United States. Every step by which they have advanced to the character of an independent nation seems to have been distinguished by some token of providential agency and in the important revolution just accomplished in the system of their united government the tranquil deliberations and voluntary consent of so many distinct communities from which the event has resulted can not be compared with the means by which most governments have been established without some return of pious gratitude, along with an humble anticipation of the future blessings which the past seem to presage. These reflections, arising out of the present crisis, have forced themselves too strongly on my mind to be suppressed. You will join with me, I trust, in thinking that there are none under the influence of which the proceedings of a new and free government can more auspiciously commence.

By the article establishing the executive department it is made the duty of the President ?to recommend to your consideration such measures as he shall judge necessary and expedient.? The circumstances under which I now meet you will acquit me from entering into that subject further than to refer to the great constitutional charter under which you are assembled, and which, in defining your powers, designates the objects to which your attention is to be given. It will be more consistent with those circumstances, and far more congenial with the feelings which actuate me, to substitute, in place of a recommendation of particular measures, the tribute that is due to the talents, the rectitude, and the patriotism which adorn the characters selected to devise and adopt them. In these honorable qualifications I behold the surest pledges that as on one side no local prejudices or attachments, no separate views nor party animosities, will misdirect the comprehensive and equal eye which ought to watch over this great assemblage of communities and interests, so, on another, that the foundation of our national policy will be laid in the pure and immutable principles of private morality, and the preeminence of free government be exemplified by all the attributes which can win the affections of its citizens and command the respect of the world. I dwell on this prospect with every satisfaction which an ardent love for my country can inspire, since there is no truth more thoroughly established than that there exists in the economy and course of nature an indissoluble union between virtue and happiness between duty and advantage between the genuine maxims of an honest and magnanimous policy and the solid rewards of public prosperity and felicity since we ought to be no less persuaded that the propitious smiles of Heaven can never be expected on a nation that disregards the eternal rules of order and right which Heaven itself has ordained and since the preservation of the sacred fire of liberty and the destiny of the republican model of government are justly considered, perhaps, as 'deeply', as 'finally', staked on the experiment entrusted to the hands of the American people.

Besides the ordinary objects submitted to your care, it will remain with your judgment to decide how far an exercise of the occasional power delegated by the fifth article of the Constitution is rendered expedient at the present juncture by the nature of objections which have been urged against the system, or by the degree of inquietude which has given birth to them. Instead of undertaking particular recommendations on this subject, in which I could be guided by no lights derived from official opportunities, I shall again give way to my entire confidence in your discernment and pursuit of the public good for I assure myself that whilst you carefully avoid every alteration which might endanger the benefits of an united and effective government, or which ought to await the future lessons of experience, a reverence for the characteristic rights of freemen and a regard for the public harmony will sufficiently influence your deliberations on the question how far the former can be impregnably fortified or the latter be safely and advantageously promoted.

To the foregoing observations I have one to add, which will be most properly addressed to the House of Representatives. It concerns myself, and will therefore be as brief as possible. When I was first honored with a call into the service of my country, then on the eve of an arduous struggle for its liberties, the light in which I contemplated my duty required that I should renounce every pecuniary compensation. From this resolution I have in no instance departed and being still under the impressions which produced it, I must decline as inapplicable to myself any share in the personal emoluments which may be indispensably included in a permanent provision for the executive department, and must accordingly pray that the pecuniary estimates for the station in which I am placed may during my continuance in it be limited to such actual expenditures as the public good may be thought to require.

Having thus imparted to you my sentiments as they have been awakened by the occasion which brings us together, I shall take my present leave but not without resorting once more to the benign Parent of the Human Race in humble supplication that, since He has been pleased to favor the American people with opportunities for deliberating in perfect tranquillity, and dispositions for deciding with unparalleled unanimity on a form of government for the security of their union and the advancement of their happiness, so His divine blessing may be equally 'conspicuous' in the enlarged views, the temperate consultations, and the wise measures on which the success of this Government must depend.


First Inaugural Address of George Washington

Fellow-Citizens of the Senate and of the House of Representatives:

Among the vicissitudes incident to life no event could have filled me with greater anxieties than that of which the notification was transmitted by your order, and received on the 14th day of the present month. On the one hand, I was summoned by my Country, whose voice I can never hear but with veneration and love, from a retreat which I had chosen with the fondest predilection, and, in my flattering hopes, with an immutable decision, as the asylum of my declining years–a retreat which was rendered every day more necessary as well as more dear to me by the addition of habit to inclination, and of frequent interruptions in my health to the gradual waste committed on it by time. On the other hand, the magnitude and difficulty of the trust to which the voice of my country called me, being sufficient to awaken in the wisest and most experienced of her citizens a distrustful scrutiny into his qualifications, could not but overwhelm with despondence one who (inheriting inferior endowments from nature and unpracticed in the duties of civil administration) ought to be peculiarly conscious of his own deficiencies. In this conflict of emotions all I dare aver is that it has been my faithful study to collect my duty from a just appreciation of every circumstance by which it might be affected. All I dare hope is that if, in executing this task, I have been too much swayed by a grateful remembrance of former instances, or by an affectionate sensibility to this transcendent proof of the confidence of my fellow-citizens, and have thence too little consulted my incapacity as well as disinclination for the weighty and untried cares before me, my error will be palliated by the motives which mislead me, and its consequences be judged by my country with some share of the partiality in which they originated.

Such being the impressions under which I have, in obedience to the public summons, repaired to the present station, it would be peculiarly improper to omit in this first official act my fervent supplications to that Almighty Being who rules over the universe, who presides in the councils of nations, and whose providential aids can supply every human defect, that His benediction may consecrate to the liberties and happiness of the people of the United States a Government instituted by themselves for these essential purposes, and may enable every instrument employed in its administration to execute with success the functions allotted to his charge. In tendering this homage to the Great Author of every public and private good, I assure myself that it expresses your sentiments not less than my own, nor those of my fellow- citizens at large less than either. No people can be bound to acknowledge and adore the Invisible Hand which conducts the affairs of men more than those of the United States. Every step by which they have advanced to the character of an independent nation seems to have been distinguished by some token of providential agency and in the important revolution just accomplished in the system of their united government the tranquil deliberations and voluntary consent of so many distinct communities from which the event has resulted can not be compared with the means by which most governments have been established without some return of pious gratitude, along with an humble anticipation of the future blessings which the past seem to presage. These reflections, arising out of the present crisis, have forced themselves too strongly on my mind to be suppressed. You will join with me, I trust, in thinking that there are none under the influence of which the proceedings of a new and free government can more auspiciously commence.

By the article establishing the executive department it is made the duty of the President “to recommend to your consideration such measures as he shall judge necessary and expedient.” The circumstances under which I now meet you will acquit me from entering into that subject further than to refer to the great constitutional charter under which you are assembled, and which, in defining your powers, designates the objects to which your attention is to be given. It will be more consistent with those circumstances, and far more congenial with the feelings which actuate me, to substitute, in place of a recommendation of particular measures, the tribute that is due to the talents, the rectitude, and the patriotism which adorn the characters selected to devise and adopt them. In these honorable qualifications I behold the surest pledges that as on one side no local prejudices or attachments, no separate views nor party animosities, will misdirect the comprehensive and equal eye which ought to watch over this great assemblage of communities and interests, so, on another, that the foundation of our national policy will be laid in the pure and immutable principles of private morality, and the preeminence of free government be exemplified by all the attributes which can win the affections of its citizens and command the respect of the world. I dwell on this prospect with every satisfaction which an ardent love for my country can inspire, since there is no truth more thoroughly established than that there exists in the economy and course of nature an indissoluble union between virtue and happiness between duty and advantage between the genuine maxims of an honest and magnanimous policy and the solid rewards of public prosperity and felicity since we ought to be no less persuaded that the propitious smiles of Heaven can never be expected on a nation that disregards the eternal rules of order and right which Heaven itself has ordained and since the preservation of the sacred fire of liberty and the destiny of the republican model of government are justly considered, perhaps, as deeply, as finally, staked on the experiment entrusted to the hands of the American people.

Besides the ordinary objects submitted to your care, it will remain with your judgment to decide how far an exercise of the occasional power delegated by the fifth article of the Constitution is rendered expedient at the present juncture by the nature of objections which have been urged against the system, or by the degree of inquietude which has given birth to them. Instead of undertaking particular recommendations on this subject, in which I could be guided by no lights derived from official opportunities, I shall again give way to my entire confidence in your discernment and pursuit of the public good for I assure myself that whilst you carefully avoid every alteration which might endanger the benefits of an united and effective government, or which ought to await the future lessons of experience, a reverence for the characteristic rights of freemen and a regard for the public harmony will sufficiently influence your deliberations on the question how far the former can be impregnably fortified or the latter be safely and advantageously promoted.

To the foregoing observations I have one to add, which will be most properly addressed to the House of Representatives. It concerns myself, and will therefore be as brief as possible. When I was first honored with a call into the service of my country, then on the eve of an arduous struggle for its liberties, the light in which I contemplated my duty required that I should renounce every pecuniary compensation. From this resolution I have in no instance departed and being still under the impressions which produced it, I must decline as inapplicable to myself any share in the personal emoluments which may be indispensably included in a permanent provision for the executive department, and must accordingly pray that the pecuniary estimates for the station in which I am placed may during my continuance in it be limited to such actual expenditures as the public good may be thought to require.

Having thus imparted to you my sentiments as they have been awakened by the occasion which brings us together, I shall take my present leave but not without resorting once more to the benign Parent of the Human Race in humble supplication that, since He has been pleased to favor the American people with opportunities for deliberating in perfect tranquillity, and dispositions for deciding with unparalleled unanimity on a form of government for the security of their union and the advancement of their happiness, so His divine blessing may be equally conspicuous in the enlarged views, the temperate consultations, and the wise measures on which the success of this Government must depend.


Ver el vídeo: Remate Manuscrito Discurso Inaugural de George Washington - DiFilm 1996 (Octubre 2021).